Donostia, ciudad de Tamarindos.

Si se hiciera una encuesta entre los donostiarras respecto a que planta o árbol identifica mejor la ciudad a buen seguro y sin titubear, el tamarindo ganaría por goleada, y sin embargo lo sorprendente es que en San Sebastián no hay tamarindos. Si, seguro que muchos querrán corregirnos y nos dirán que el Paseo de la Concha está lleno de ellos, pero no, la verdad es que no, que no son tamarindos.

Lo cierto es que todo este lío parte de una confusión de nombres que creemos, a estas alturas del partido, nadie va a poder arreglar, a pesar de que muchos lo han intentado, y que a buen seguro muchos lo seguirán intentando, pero el fracaso de tan bien intencionadas iniciativas parece asegurado.

En Donostia, lo que en verdad está plantado, son Tamarices.

Si, en Donostia lo que de verdad tenemos plantados son tamarices por mucho que nos empeñemos en llamarlos tamarindos y presumamos de ellos, pero no hay nada que hacer, los donostiarras somos así de cabezotas y llamamos a nuestros tamarices como nos da la gana, aunque se empeñe en lo contrario todo un ejército de botánicos.

El tamarindo (Nombre científico: Tamarindus indica), es un árbol originario de zonas tropicales que conforma en exclusiva el género Tamarindus. Su fruta da una pulpa comestible muy apreciada para condimentar alimentos y para hacer refrescos en los países en que abunda donde puede encontrarse habitualmente en los mercados

De esos, de los tamarindos, al menos que nosotros sepamos no hay ni un solo ejemplar en la ciudad .

Por el contrario, el Tamariz, (Tamarix gallica), normalmente es más un arbusto que un árbol y puede prosperar en suelos salinizados y alcalinizados, no teniendo su fruto valor alimenticio; precisa pocos cuidados y se utiliza mucho en ciudades costeras, como es el caso de Donostia , por ser muy resistentes a la sal y al viento, además de no ser nada exigente con las condiciones ambientales.

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El tamariz es un árbol autóctono, es muy fácil encontrarlo en estado natural en arenales, dunas, acantilados marinos y entornos similares, y no solo en la costa vasca. En Navarra, o en la Costa Brava catalana, sin ir más lejos hay una gran abundancia de ellos y en San Sebastián pueden verse fácilmente en Urgull o en las orillas del Urumea, de hecho en euskera se denomina “milazka” al tamariz.

Donostia no es la única ciudad que tiene tamarices, Santander por ejemplo tiene censados unos 10.000 ejemplares, pero allí los denominan tamarises.

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Vamos que comparar tamarindos y tamarices, pese a la cercanía entre sus denominaciones, es como aquello del tocino y la velocidad.

Nuestros tamarices llegaron a Donostia por que el que fuera concejal del Ayuntamiento de Donostia , D. Agapito Ponsol (propietario en su día de la sombrerería “Casa Ponsol” que aún permanece abierta) al parecer, según unos durante un viaje a París, y según otros al pasear por los paseos marítimos de la Costa Azul francesa, descubrió los tamarices y decidió que constituían una planta ideal para San Sebastián, susceptible de aguantar las galernadas y ventoleras del Cantábrico, así como toda la sal existente en La Concha sin excesivo problema, por lo que decidió traer a la ciudad la planta en cuestión.

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Al parecer lo del arbolado en el Paseo de La Concha, traía cola y daba muchos problemas. Los diversos árboles plantados para engalanar la zona no tenían capacidad para aguantar las duras exigencias climáticas que la costa Donostiarra impone y cuando no se les rompían las ramas, el viento directamente los derribaba.

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Una planta de porte más pequeño, dura y resistente como los tamarices tenía todo el aspecto de ser la solución, pese a que por su naturaleza arbustiva precisa de tiempo para crecer y sobre todo de un cuidado y una poda continua para alcanzar formas parecidas a las de un árbol, siempre contando que en cualquier caso no suele sobrepasar los 2 / 3 metros de altura, mientras que el tamarindo de verdad alcanza fácilmente alturas entre 15 y 30 metros.

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Total que los tamarices se plantaron profusamente en las zonas más expuestas de la ciudad, en la Plaza Cervantes, en la bahía, y en varios puntos más, y ahí continúan desafiando al viento, la lluvia, la sal y el oleaje, y los donostiarras a lo nuestro, a continuar llamándolos tamarindos. Al fin y al cabo…

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